
La zona de chacras del AltoValle de Río Negro y Neuquén tiene un encanto particular, sobre todo si, como yo, la he conocido y disfrutado desde la infancia. En una sucesión laberíntica de curvas y contracurvas de caminos y senderos polvorientos (nadie imaginaría el asfalto allí), los álamos tan verdes e imponentemente ordenados a los laterales recuerdan una vieja guardia imperial que nos acompaña y conduce hasta nuestro destino prefijado. El coche de alquiler (como le gustaba llamar a su taxi mi abuelo Manuel en su Saladillo natal) parsimonioso se desliza entre los rayos cobrizos del sol tibio y mañanero, que apenas se filtran entre la espesura arbórea del lugar, y entonces me permito bajar dificultosamente la ventanilla para dejar invadirme por los aromas chacareros, que inundan el viejo Rambler y trae remembranzas de tiempos idos.
-Estamos llegando, es ahí, en la arcada de material, Don - me anuncia el chofer -
-Ok - le contesto – nos vemos en un par de horas, como quedamos ? – mezcla de pregunta y aseveración –
-Él asiente con la cabeza, espera que me baje y se aleja con la misma cadencia con la que vino…
-Ok - le contesto – nos vemos en un par de horas, como quedamos ? – mezcla de pregunta y aseveración –
-Él asiente con la cabeza, espera que me baje y se aleja con la misma cadencia con la que vino…
Comienzo a caminar hacia el interior de la chacra, solo me acompaña el revoloteo incesante de gorriones y el repiqueteo típico del agua de los canales de riego que apenas invade la profundidad del silencio “de campo”, que impacta por lo desacostumbrado a él o por lo acostumbrado al bullicio permanente de las grandes urbes por las que deambulamos a diario…
No tardan en aparecer los recepcionistas de rigor…perros y más perros de las más diversas razas, cruzas y colores…todos ladran amenazantes como cumpliendo a rajatabla su rol de alarma y seguridad del sitio, que imagino, es la forma de justificar el agua y hueso del mediodía...
Detrás, con paso cansino pero firme, se afigura un hombre de rasgos duros, mirada pétrea y barba entrecana, que apenas deja entrever una comisura agrietada y amarillenta por donde se adivina un cigarro armado que humea negruzco y amargo, y que al abrir la boca para esbozar un saludo devuelve un vaho espeso y maloliente que no se sabe si es mal aliento u olor a pata… A primera vista me impresiona que es un gaucho, no sé si será pura intuición o lo saco por la boina, el pañuelo al cuello, camisa de grafa, bombacha gaucha, alpargatas, la faja a la cintura semicubierta por el cinturón con rastras y la faca cruzada en la espalda…y a segunda vista juraría que es el capataz, por su edad, su aire sobrador y altivo, su manejo de los tiempos, su ascendencia sobre el resto del personal y más que nada por el cartelito que cuelga vistoso en el centro de la puerta del caserío desde donde se asomó y que reza “RANCHO DEL CAPATAZ”.
Como sea, parece adivinar quien soy y a qué vengo, por eso que apenas con un típico ademán, cerrando el puño con el pulgar extendido hacia arriba y señalando hacia atrás suyo, sólo me dice “… lo están esperando…”, y yo pasé.
El sendero angosto rodeado de margaritas, jazmines y claveles silvestres me condujo hasta un parral, a cuya sombra impresionaba desarrollarse una reunión caballar y que ni bien notaron mi presencia, disimuladamente, comenzaron a separarse, haciendo comentarios por lo bajo mientras me observaban por el rabillo del ojo. Entonces, allí en el centro, quedo expuesta su figura…de contextura liviana y talla media pero de porte altivo y prestancia arrogante…impactante por su pelaje rojizo y brillante, con crines perfectamente alisadas que caen naturales y prolijas a través de los cordones dorados que sostienen casi imperceptibles la capa de seda azul francia, que lo cubre en forma de manto y de manera majestuosa, recordando aquella nobleza europea de la edad media…
Era él, sin lugar a dudas, después de tanto andar e insistir con pálpitos y quimeras, de apostar a la verdad y casi morir en el intento, al fin estaba frente a él…el caballo peruano del que habla el país…!!! Ni mas ni menos que Fidel Ormeño de Oblitas Tocornal, (a) Chumpitaz , el último y más sagrado caballo de paso peruano que ha pisado nuestras tierras…y esperaba por mi, para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad del affaire con RS, el temido y ostentoso ErreEse…
No tardan en aparecer los recepcionistas de rigor…perros y más perros de las más diversas razas, cruzas y colores…todos ladran amenazantes como cumpliendo a rajatabla su rol de alarma y seguridad del sitio, que imagino, es la forma de justificar el agua y hueso del mediodía...
Detrás, con paso cansino pero firme, se afigura un hombre de rasgos duros, mirada pétrea y barba entrecana, que apenas deja entrever una comisura agrietada y amarillenta por donde se adivina un cigarro armado que humea negruzco y amargo, y que al abrir la boca para esbozar un saludo devuelve un vaho espeso y maloliente que no se sabe si es mal aliento u olor a pata… A primera vista me impresiona que es un gaucho, no sé si será pura intuición o lo saco por la boina, el pañuelo al cuello, camisa de grafa, bombacha gaucha, alpargatas, la faja a la cintura semicubierta por el cinturón con rastras y la faca cruzada en la espalda…y a segunda vista juraría que es el capataz, por su edad, su aire sobrador y altivo, su manejo de los tiempos, su ascendencia sobre el resto del personal y más que nada por el cartelito que cuelga vistoso en el centro de la puerta del caserío desde donde se asomó y que reza “RANCHO DEL CAPATAZ”.
Como sea, parece adivinar quien soy y a qué vengo, por eso que apenas con un típico ademán, cerrando el puño con el pulgar extendido hacia arriba y señalando hacia atrás suyo, sólo me dice “… lo están esperando…”, y yo pasé.
El sendero angosto rodeado de margaritas, jazmines y claveles silvestres me condujo hasta un parral, a cuya sombra impresionaba desarrollarse una reunión caballar y que ni bien notaron mi presencia, disimuladamente, comenzaron a separarse, haciendo comentarios por lo bajo mientras me observaban por el rabillo del ojo. Entonces, allí en el centro, quedo expuesta su figura…de contextura liviana y talla media pero de porte altivo y prestancia arrogante…impactante por su pelaje rojizo y brillante, con crines perfectamente alisadas que caen naturales y prolijas a través de los cordones dorados que sostienen casi imperceptibles la capa de seda azul francia, que lo cubre en forma de manto y de manera majestuosa, recordando aquella nobleza europea de la edad media…
Era él, sin lugar a dudas, después de tanto andar e insistir con pálpitos y quimeras, de apostar a la verdad y casi morir en el intento, al fin estaba frente a él…el caballo peruano del que habla el país…!!! Ni mas ni menos que Fidel Ormeño de Oblitas Tocornal, (a) Chumpitaz , el último y más sagrado caballo de paso peruano que ha pisado nuestras tierras…y esperaba por mi, para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad del affaire con RS, el temido y ostentoso ErreEse…
(continuará)
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